sábado, abril 21, 2018
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Sala de espera

Sala de espera

Cuando entra el siguiente paciente, un hombre de unos treinta y pocos que luego se convierten en veinte y muchos, me doy cuenta de lo fácil que resulta aparentar una edad distinta solo cambiando el estilo a la hora de vestir. Y no me refiero a llevar traje y corbata.

Tampoco es habitual un trato tan respetuoso, tan cuidado, quizás eso también ayuda a sobrestimar la edad.

Ya metidos en la conversación, se destapa el motivo de la consulta, y después de obtener la información habitual para iniciar una historia clínica, nos metemos en el ajo. La cuestión parte años atrás, incluso en la adolescencia, pero realmente ahora es insoportable. Aunque el problema ha mutado con el tiempo, las molestias son las mismas, y una parte del mismo es que en su inicio no parecía un problema, pero ahora sí, y además otra parte del problema es que parece absurdo, pero realmente no lo es. Y precisamente por eso no se ha consultado antes. Realmente, los circunloquios o el discurso cantinflesco nos resultan útiles para demorar un poco lo que inevitablemente hemos de decir. Pero una vez en la consulta no hay vuelta atrás.

Pues bien, el problema tan absurdo es que me paso –dice el paciente–   un montón de tiempo, cada día, todos los días, varias veces al día, ocupado en algo absurdo.

–Hombre, no es tan absurdo cuando estamos aquí.

–La verdad me avergüenza contarlo, puede parecer una tontería. La cuestión es que cada vez que salgo de casa, debo pasarme por cada habitación, miro cada lámpara y compruebo que esté apagada. Compruebo que esté apagada, pero no basta con mirar, que ya me dirá que importancia tendría que alguna luz se quedara encendida, de hecho en la entrada sí la dejo encendida. Compruebo que cada lámpara permanezca apagada cuando me voy. Eso es. Para comprobar, enciendo y apago la luz varias veces. ¿Durante unos segundos? Siete veces. Yo sé que es absurdo, pero si pierdo la cuenta, empiezo de nuevo, y la segunda vez han de ser once veces. Y si ocurre de nuevo, trece, la siguiente diecisiete. He llegado a veintitrés. Me angustia tanto hacer algo tan absurdo que me equivoco muchas veces.

Obvio lo demás que incluye resto de la exploración, pautas y recomendaciones, prescripciones, etc., y al cabo de dos meses nos vemos de nuevo. ¿Que cómo estoy? Mejor, he vuelto a preparar la oposición. Docente de secundaria. ¿Matemáticas? Sí, me gustaría, ¿cómo lo sabe? No lo sé, lo suponía.

 

Trastorno obsesivo compulsivo

El trastorno obsesivo compulsivo es una enfermedad que suele iniciar en la adolescencia o juventud. Muchos pacientes cuentan con una personalidad previa de tipo obsesivo. La personalidad es el carácter, los rasgos, el modo de ser, que se desarrolla en función de herencia genética y factores ambientales que inciden a lo largo del desarrollo. Pero de eso hablaremos otro día, si te parece. Así, la personalidad obsesiva, se caracteriza por una actitud generalmente rígida, con poca tolerancia a los cambios e improvisaciones. Digamos que personas con rasgos obsesivos suelen preferir una vida ordenada, con sus actividades cotidianas ordenadas, poco amigos de las improvisaciones, más amigos de una previsible monotonía. Son gente amante del orden, que no es lo mismo que ser ordenados. Pueden ser extremadamente escrupulosos con el orden en un aspecto y descuidados en otros. Esta rigidez también se refleja en ocasiones en una observación puntillosa de las normas. En un entorno de normas y reglas bien definidas es donde mejor se desenvolverían, da igual el entorno, que puede ser social, laboral o familiar. A veces les resulta inconcebible que otro incumpla tal o cual norma. En sus decisiones suelen ser precavidos en exceso, a veces esto afecta de tal modo que demoran esas decisiones, asaltados por incontables dudas e inseguridades. Visto desde fuera pude llegar a verse como alguien temeroso, cuando lo que ocurre es  que esa persona es incapaz de elegir entre una u otra opción. Pues todo esto, puede ser un ejemplo de cómo es un paciente con rasgos obsesivos. Tener un carácter obsesivo no implica sufrir un trastorno de personalidad obsesiva, ni implica sufrir irremediablemente un trastorno obsesivo compulsivo a lo largo de su vida. Pero está claro que predispone a ello, y supone un factor de riesgo. Por el contrario, una personalidad obsesiva bien adaptada, puede aportar a esa persona cualidades que en ocasiones son social o laboralmente muy aceptadas y buscadas. Todo en su justa medida puede resultar positivo. Después de decir todo esto, hay que reconocer que no todos los pacientes con trastorno obsesivo compulsivo cuentan con un carácter previo obsesivo.

Pero ¿qué es entonces el trastorno obsesivo compulsivo?

Pues evidentemente, un trastorno que afecta a pacientes que presentan síntomas obsesivos, compulsivos, o ambos. Un síntoma obsesivo es un pensamiento que se presenta de modo abrupto, generalmente en forma de duda. Por ejemplo, ¿he cerrado la puerta del coche? Esa duda suele ser reconocida por el paciente como absurda. Absurda porque tiene claro que la ha cerrado. Y sin embargo se le plantea esa duda y necesariamente debe comprobarlo, y si se resiste a ello será a costa de sufrir gran ansiedad. Ese pensamiento vuelve una y otra vez. Los pensamientos de esas características que se presentan de modo persistente, intrusivo, son los considerados síntomas obsesivos. Las compulsiones son las respuestas que el paciente muestra ante esos pensamientos. Esas compulsiones pueden consistir en conductas repetitivas que en ocasiones son absurdas, como golpear un objeto un número determinado de veces, o comprobaciones reiteradas, o incluso repeticiones de pensamientos concretos. Esto suele causar gran malestar en el paciente, ya que reconoce todo ello como una cadena de pensamientos y actos sin sentido, que al realizarlos se ven seguidos de una sensación inicial de alivio pero posteriormente de desazón. Además, en numerosas ocasiones, todas estas tareas de obsesiones seguidas de compulsiones, ocupan gran parte del tiempo del día a día, interfiriendo en las actividades del paciente, ya sean laborales, de ocio, relaciones sociales, etc.

 

Mensaje clave

Aproximadamente, hasta un 3% de la población puede padecer esta enfermedad, según las estimaciones más elevadas.

Las obsesiones más frecuentes son las de contaminación y limpieza, acumulación, orden, obsesiones sobre daños o violencia, obsesiones de contenido sexual, religioso, etc.

Existen diferentes opciones de tratamiento farmacológico, desde los años 90 se han desarrollado diferentes fármacos pertenecientes a la familia de los inhibidores de recaptación de serotonina. Estos fármacos no suponen un aporte “artifical” de serotonina, si no que provocan un aumento de la disponibilidad de serotonina que el propio paciente sintetiza. El aporte en la dieta de serotonina, los niveles de serotonina en sangre, no suponen una solución o una manera de comprobar el grado de disfunción del paciente.

En algunos casos se utilizan fármacos más clásicos, como los antidepresivos tricíclicos, aunque suelen provocar efectos secundarios. Es posible que en casos resistentes al tratamiento inicial el psiquiatra recomiende la combinación con otros tipos de fármacos.

La mejor opción de tratamiento incluye la combinación de fármacos con Terapia Cognitivo Conductual, en concreto técnicas conductuales de exposición y prevención de respuesta.

La gravedad y el pronóstico son muy variables entre pacientes. Puede haber casos más benignos en los que es suficiente tratar el episodio durante un tiempo limitado, pero es frecuente que el tratamiento precise una continuidad, convirtiendo un episodio en un trastorno crónico pero bien controlado, con una buena calidad de vida libre de síntomas. Existen casos más graves y resistentes al tratamiento, que requieren de medidas más intensas, tanto en lo referente al tratamiento farmacológico como la frecuencia de terapias y consultas.

Existe un riesgo hereditario, lo cual quiere decir que es más frecuente observar más casos dentro de una misma familia que en la población general. Decir que existe un riesgo no implica una transmisión directa o autosómica entre generaciones de una familia, es decir, si uno de los progenitores padece la enfermedad no implica una herencia directa a su descendencia. De hecho, el mecanismo de heredabilidad es desconocido y ese riesgo genético debe combinarse con factores ambientales que influyen en la aparición de la enfermedad y pueden ser de diversa índole (desarrollo, tóxicos, infecciosos, estrés…)

Como en cualquier patología, ningún paciente debe abandonar el tratamiento sin consultarlo con su médico.

 

José Manuel Crespo / Psiquiatra

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