jueves, 2 julio, 2020
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Ponga una palabrota en su vida

Foto: desmotivaciones.es

Para vender un libro de nutrición y forrarse al primer intento, se requiere no solo presentar un contenido bien currado y un tema sugerente, sino sorprender al —cada vez más indiferente— lector con, al menos, una palabra fetiche, rara, inusual. Entonces, y solo entonces, tendrá posibilidades el autor de firmar ejemplares cual poseso y que su careto salga en el Times… A los hechos me remito, señoría:

EICOSANOIDE: una de las palabrotas con más gancho, que duda cabe. Su autor, el bioquímico Barry Sears, experto en prostaglandinas y peinados imposibles, se ha beneficiado hasta decir basta de estos mensajeros celulares que, a nivel local, informan a las mismas células que las producen —o sus colindantes— de “cómo está el patio”. Para conseguir poner en orden a toda esa tropa eicosanoide y con ello las respuestas inflamatorias, vasodilatadores y coagulantes del cuerpo —nos cuenta Barry—, no se debe salir uno de su dieta o, lo que es lo mismo, de las proporciones 30-30-40 entre proteína-grasa-carbohidrato. A ver, a estas alturas del partido, la gente se ha percatado de que pretender que una dieta, con determinadas proporciones, funcione igual para todo el mundo es como intentar que el número 40 de zapato le vaya bien a todo quisque, vale decir, una majadería, ¿verdad? Aunque también es cierto que Barry está forrao y usted y yo, no.

INSULINA: el primero en sacar buena tajada de la insulina, la hormona hipoglucemiante por antonomasia de nuestro cuerpo, fue el cardiólogo Atkins hace ya unos cuantos años, cuando aún no se sabía muy bien que era aquello de la insulina; pero viendo el inmenso filón de aquella palabrota, al carro de la insulina se subió el buen doctor Montignac —con sus índices glucémicos en ristre— y, justo detrás de este, su compatriota el francés Dukan, que ahora mismo acapara mayoritariamente la producción mundial de salvado de avena para darle alivio a sus acólitos, ya que los tiene a todos estreñidos. Nunca antes una modesta hormona de nuestro cuerpo había hecho tan ricos a unos cuantos espabilados.

LECTINAS: Las lectinas son un tipo de proteínas que se encuentran en los alimentos y que, según el doctor D´Adamo, presentan propiedades aglutinantes que pueden afectar a la sangre. Cuando usted ingiere un alimento que contiene lectinas incompatibles con su tipo sanguíneo —es decir, con su antígeno específico de la sangre— esas proteínas comienzan a aglutinarse o encolarse entre sí, provocando diversos trastornos que van desde una enfermedad inflamatoria intestinal —como el síndrome del colon irritable—, a una cirrosis hepática, pasando por coágulos sanguíneos. Si bien es cierto que en algunos casos y con determinadas lectinas se debería llevar un control más exhaustivo del asunto —como es el caso del gluten de los cereales que se adhiere a las paredes del intestino delgado y causa una dolorosa inflamación, en personas susceptibles, conocida como celiaquía— también es cierto que no conviene hurgar mucho más en la herida, con respecto al tema de las lectinas. Existen muchos otros factores que intervienen en el correcto o incorrecto procesamiento de los alimentos en nuestro organismo, no solo en tipo sanguíneo, y muchos de ellos permanecen ajenos a nuestro control analítico o fluctúan con el tiempo.

ENZIMA PRODIGIOSA: bueno, bueno… bueno. Al doctor Shinya, experto en cánulas y peras de agua, le salió caralluda su apuesta por esta palabrota, con su adjetivo calificativo incluido… “mejor pasarse de fantasma que no comerse un torrao”, que debió pensar el nipón. ¿Quiere usted enzimas? Pues coma más fruta fresca, verdura y cereales integrales. Fíjese; con esta facilidad pasmosa para contar tres obviedades, más la palabrota adecuada… bingo: otro tipo forrao.

Santi Carro

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