Menos sofá, menos plato y más suela de zapato

ciervoEl otro día ojeé, con interés, un documental sobre ciertos aborígenes australianos. El caso es que un nativo de los páramos del norte, integrante de una de las pocas tribus cazadora-recolectoras que todavía subsisten, seguía el rastro al trote ligero, desde hacía más de dos horas y bajo un sol abrasador, de un ciervo. Aunque el cazador ya no veía de forma tangible a su presa desde prácticamente el inicio de la batida, conseguía pisarle los talones gracias a su destreza interpretando señales en el suelo. Algunas de las veces, sin embargo, el experimentado cazador perdía su rastro entre los matorrales, y debía adivinar la senda que el cérvido había tomado simplemente guiándose por su instinto. Se trataba del juego del gato y del ratón pero, sobre todo, de un ejercicio de resistencia.

Así es que, tras seguirle la pista durante cuatro largas horas, y bajo un sol de justicia a más de 40 grados, hombre y bestia se veían las caras. El cazador, consumido hasta los huesos, reclamaba su tributo blandiendo su lanza; mientras que el ciervo, extenuado e incapaz de avanzar un paso más, esperaba con resignación el golpe de gracia. Ya en el suelo y abatida la bestia, el aborigen posaba sus manos en la cabeza del ungulado a la vez que rezaba unas plegarias, dándole gracias al espíritu del animal por proporcionarle sustento a él y su familia. Nunca tal cosa, había yo visto: cuatro horas al trote ligero, a más de cuarenta grados, para poder llevarse algo a la boca… ¡¡¡eso sin contar con el camino de regreso, muchos kilómetros atrás!!! Y aún así, había un momento para la oración y el recogimiento espiritual.

Cómo ha cambiado todo, ¿no le parece? Todo eso se ha esfumado para dar paso al egoísmo y la zafiedad de unos seres grotescos, hinchados, abotargados. Sí, hoy engullimos de forma indecorosa, grosera, sin prestar atención –ni agradecer- todo aquello que tragamos y, por supuesto, sin compensar la ingesta con el gasto. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que las grandes comilonas, además de colapsar el flujo energético, son incompatibles con la realización de actividad física. Una barriga llena hasta los topes acabará desviando la sangre de todo el organismo para concentrarla en el aparato digestivo, siendo así que la energía –que de otra forma hubiera estado repartida por todo el cuerpo-, ahora se concentra “en la zona del ombligo”. ¿Resultado? Extremidades, cerebro y gónadas claudican, “pidiendo papas”. Por estas mismas razones, tras una bacanal lo que nuestro cuerpo demanda a gritos es zozobrar, desplomarse en cualquier esquina o recodo para poder digerir toda esa argamasa nutricia.

Por otro lado, comer raciones más comedidas y/o con alimentos más ligeros (como ensaladas, frutas y verduras) no resulta del todo incompatible con la actividad física moderada, más bien, todo lo contrario. Mover el cuerpo sin esfuerzos bruscos y sin generar picos agudos de adrenalina, dando un agradable paseo tras acabar de comer, posibilita que, al tiempo de que no se interfiere en los trabajos digestivos, se puedan disipar muchas calorías en forma de calor que de otra forma se acabarían depositando. Y las toxinas “enquistadas” en el panículo adiposo se remozarán adecuadamente, al oxigenarse los tejidos.

O sea que, calzarse unos tenis al acabar de comer, es una práctica que se acaba notando en la talla del cinturón, y en poco tiempo. Esto es especialmente cierto cuando se practica por la tarde-noche, tras una cena temprana y ligera. El motivo de que sea más importante echarse a andar de noche más que de día, tras la ingesta, reside en que por la noche el intestino pierde energía y procesa peor los alimentos, siendo entonces más factible que las calorías se almacenen en forma de grasa. En efecto, a partir de las 9 de la noche, el estómago “cierra el chiringuito”, para volver a abrir al día siguiente, a hora temprana.

Nuestro compañero de antes, el aborigen australiano, porta los mismos genes que usted. Sin embargo, él está sumamente delgado porque, uno: sólo ingiere lo que necesita y dos: gasta lo que come. No le de más vueltas: estamos hechos para andar y movernos. ¿Un sabio consejo? Después de comer, cálcese unos buenos tenis, rece sus plegarias… y échese a andar; los espíritus, así como la talla del cinturón, se lo agradecerán.

centrobienestarsantiago

 

 

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