sábado, junio 23, 2018
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El Transhumanismo

En las últimas décadas, los avances de las tecnologías genéticas, reproductivas y biomédicas, de la nanotecnología, la informática, las técnicas neurocognoscitivas y de la comunicación son espectaculares y afectan a muchos campos, y en el ser humano no solo a su cuerpo sino también a su mente. Estos avances –y los emergentes– se contemplan por algunos como el umbral de una nueva era, en la que seremos capaces de mejorar y transformar de manera radical lo que hasta ahora conocemos como especie humana.

Desde que la humanidad existe, las aplicaciones técnicas se han usado principalmente para reducir o eliminar enfermedades, discapacidades y limitaciones del ser humano. Es lo que se conoce como mejoramiento humano o, en terminología anglosajona, human enhancement. Curar y mejorar son actividades encomiables siempre que su finalidad y sus medios sean éticos. Sin embargo, cada vez toma más cuerpo un movimiento cultural internacional formado por científicos, filósofos, pensadores y emprendedores de diversas tendencias que pretenden llevar la aplicación de la tecnología en la mejora del hombre y la mujer hasta sus últimas consecuencias. Su objetivo es utilizar la tecnología para obtener superlongevidad, superinteligencia y superbienestar en los seres humanos de una manera desconocida hasta el día de hoy. En un primer paso, serían humanos en trasformación, con una parte natural y otra artificial, es decir, un estadio previo o transhumano, que tendría algunas capacidades físicas y psíquicas superiores a las del ser humano normal debido a la aplicación de “mejoras” tecnológicas y genéticas. En un segundo paso, se trataría de alcanzar una “singularidad tecnológica” en la que se lograría fabricar un nuevo ser totalmente sintético o artificial; una nueva especie o nuevo organismo tecnológico a los que denominan posthumanos o cyborgs. Para algunos, dicha singularidad está cerca. Este movimiento cultural se conoce como Transhumanismo (abreviado como H+ o h+). Su ideología ya se ha plasmado en la literatura, la televisión, los videojuegos y el cine. Algunas de sus manifestaciones cinematográficas son: Avatar, Matrix, Robocop o Ex Machina.

Esta peligrosa ideología, que presenta una agenda de presente y de futuro para el ser humano individual y para el conjunto de la humanidad, se basa en una construcción intelectual en la que el hombre se reduce a materia, a factum físico, genético o neuronal, el cual se puede gestionar como un mecano, y para la que la especie humana no es más que un animal más evolucionado que los demás. Por otra parte, en ella se maneja una antropología naturalista en la que la naturaleza humana no es un “hecho” dado sino una construcción cultural; es decir, en la que el ser (pensar, elegir, decidir, amar) sigue al obrar.

Los trashumanistas son hijos del pensamiento ilustrado en su consideración de eliminar la noción de naturaleza de los seres, y también en  la premisa de que somos absolutamente libres para hacer con nosotros mismos, y con todo lo que nos rodea, lo que queramos. Pero a esas dos premisas añaden el imperativo de usar las inmensas posibilidades que ofrece (y ofrecerá) la tecnología para dominarlo todo sin cortapisas ni trabas de ningún tipo: es lícito y ético todo lo que técnicamente es posible, aseveran los transhumanistas. De esa manera, se generará un proceso evolutivo inducido por las tecnologías emergentes. Es Dios expulsado del horizonte de la vida humana y el hombre como normativa.

Además de problemas y limitaciones técnicas, pues la capacidad omnímoda de manipulación del ser humano es una falacia, sea por la gran complejidad de los sistemas biológicos, sea por las especiales propiedades y características del ser humano, las implicaciones bioéticas del trashumanismo son desafiantes y de gran calado. Cabe preguntarse si somos capaces de decidir qué es exactamente “lo normal”, qué significa en realidad “mejorar” al ser humano, y en qué consiste su “felicidad”. Para los defensores de esta ideología “es correcto y deseable aquello que es útil para el máximo número de personas y que no hace daño a nadie; aquello que yo considero que es mejor”. Se comprende que esta respuesta utilitarista puede conducir fácilmente a una eugenesia social o eugenesia del Estado del bienestar, porque esas mejoras únicamente tienen como punto de referencia los deseos actuales de los usuarios con poder, o la visión que una parte de la humanidad tiene de sí misma. Además de alterarse la naturaleza humana, la cosmovisión del transhumanismo lesiona gravemente la posibilidad de autonomía moral del individuo, que quedaría sometida a intereses sociales, políticos o económicos, y elimina el concepto de igualdad entre todos los seres humanos.

Manipular a los hombres y mujeres hasta el extremo que persiguen los trashumanistas debe hacernos pensar, por ejemplo, si los humanos transformados no se sentirán alienados al saberse fruto de un proceso ajeno y manipulador. ¿Seguirá esa persona modificada pensando en el futuro que aquella “mejora” de su cuerpo y de su mente fue acertada? ¿Por qué decidió otro por mí? En el hipotético caso de que se llegase a construir cyborgs (posthumanos), convendría reflexionarse en lo qué harían con nosotros, o nuestros descendientes. En el filme Ex Machina el cyborg acaba asesinado a su creador.

El antihumanismo de esta ideología postmoderna, que ha sustituido la fe en Dios por una fe en el progreso que proporciona el desarrollo de la ciencia y la tecnología actual y promisoria, está sustentado en una antropología errónea a la que se ha llegado después de un largo proceso de banalizar lo qué es realmente el hombre. Los problemas que plantea no deben, sin embargo, producir miedo a la ciencia y la tecnología, que encierran muchas posibilidades positivas de mejoramiento, sino una reacción pedagógica a todos los niveles para explicar con claridad lo que es una persona  humana, en la que lo somático y lo espiritual se unen de una manera peculiar dando lugar a un ser racional, consciente, libre y abierto a la trascendencia. Considero que para ello lo más sensato es retomar las perspectivas metafísica y fenomenológica-psicológica o personalista, y, sobre todo, la visón del hombre y la mujer que proporciona la tradición cristiana, para las que el auténtico mejoramiento de la naturaleza humana pasa por la lucha interior en la que se adquieren valores y virtudes, al objeto de hacernos capaces de alcanzar la finalidad para la que hemos sido creados, que nos es otra amar y gozar de Dios y servir a nuestros semejantes. Cuando el hombre o la mujer que desarrollan la ciencia y la tecnología aceptan esta perspectiva y tienen esta disposición son capaces comprender la dignidad del ser humano y el respeto que merece, así como orientar la adquisición de conocimientos y la aplicación de sus resultados como medios para alcanzar la felicidad personal, y mejorar realmente a la humanidad.

 

Ángel Guerra Sierra / Doctor en Biología / Profesor de Investigación emérito de CSIC / Presidente de la Asociación Galega de Bioética

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