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El súper desayuno del Gurú

El súper desayuno el Gurú. Un día te levantas y tienes 45… y pico. Entonces miras para atrás, a ver cuántos han sido tus méritos inequívocos ¡¡¡y cuántos tus disparates!!! En mi caso (si bien de los segundos hubo alguno), uno de mis grandes aciertos hubo de consistir en cambiar mi anacrónico desayuno, hará unos 20 años. No sé lo que opinará usted, pero comenzar el día con “cereales” (más bien, engrudos de harina refinada) encharcados en leche (si a eso se le puede llamar leche), dista mucho de ser la opción ideal.

Así pues, y como todo lo que empieza bien acaba de la misma manera, me gustaría contarle mi odisea. Le cuento.

Un día como éste, hará veinte años, me paré y me pregunté cual sería el mejor desayuno en base a tres cosas: buena digestión, aporte de proteínas y vitaminas, y rápida preparación culinaria. De aquellas, yo era un fanático culturista que lo único que le importaba era una cosa: “crecer” como la mala hierba. Pues bien, tras haber probado todas las mezclas convencionales posibles, entre lácteos y cereales, me dí cuenta de que aquello “no iba”. Hasta que, harto de tanta pueril inconsistencia, me fijé en el formato anglosajón: los huevos en revuelto.

Y me dije, ¿por qué no? Ya tenía cierta experiencia con las desabridas claras que preconizan los culturistas de la vieja escuela, pero ahora quería darle la oportunidad al huevo entero. Así es que, henchido de valor y después prepararme un buen revuelto con un poquito de aceite de oliva en la sartén, añadí una rodaja de piña fresca a la ecuación y comencé el experimento.

Dicho y hecho. Para empezar, aquello sabía a gloria bendita, cosa muy de agradecer. Además, desde el primer momento, me percaté de que las digestiones eran fantásticas. No me encontraba hinchado, y mi nivel de energía se había disparado por las nubes. También rendía mucho más cognitivamente, como si estuviera más espabilado, más despierto; mis neuronas no estaban abotargadas, sino que transmitían los mensajes con la velocidad “del rayo vallecano”. Sólo había una incómoda espina clavada en mi subconsciente: el maldito colesterol. Los doctores abroncaban sin cesar que el consumo de huevos jamás debería pasar de un par a la semana, porque si no el corazón explotaba ipso facto y uno caía fulminado en el acto, más tieso que la mojama.

Aunque mi cuerpo reaccionó de las mil maravillas al cambiar cuenco por plato, a la hora del desayuno, en mi subconsciente seguía un poco “acongojado”. Claro, la yema tenía muchas vitaminas, colina y hierro, sí, ¡¡¡pero también mucho colesterol!!! Así es que, consciente del hecho y concluido el primer año experimental, presentí que había llegado el momento de hacerme una analítica de sangre, para ver “que tal iba la cosa”. Supuse, infeliz de mí, que el colesterol se me habría desbocado cual potro salvaje y que mi corazón estaría a punto de infartar. Lo sorprendente fue cuando el doctor, con los resultados en la mano, hubo de aseverarme, “enhorabuena, tiene usted el colesterol perfecto, incluso un poco más bajo que en su última analítica”.

“¿Cómor?, ¿Más bajo todavía? Diablos, aquí está pasando algo”, razoné. O mucho erraba el tiro, o las multinacionales lácteas y galleteras me habían estado tomando el pelo, a mí y a todos los incautos conciudadanos, ¡¡¡y a base de bien, además!!! Tenía que investigar más a fondo, voto a brios, que todo aquello me daba coraje.

Y ahora, fíjese, después de tantos años se encuentra usted leyendo esto. No lo dude ni por un instante: al 99´9% de las personas sanas, este tipo de desayuno les va de fábula, siempre que el resto de su dieta no sea un estropicio, claro está. Se trata del desayuno perfecto. A lo largo de mi libro, “Las 67 preguntas sobre nutrición y salud que ud. debería hacerse”, desmoto -uno a uno- todos los mitos que se esconden tras el pernicioso marketing. Le animo a usted a hacer un pequeño experimento: probar mi súper-desayuno durante siete días… y escuche a su aparato digestivo, a ver que le cuenta.

Santi Carro / Centrobenestarsantiago.com

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