El laberinto de la frenopatía

 

laberinto frenopatíaEl dolor moral ejerce una acción debilitadora sobre el organismo, disminuyendo el tono vital y trastornando el funcionamiento neurovegetativo; dolores de cabeza, tensión arterial, trastornos digestivos, infecciones, cáncer y otras patologías incluida la muerte.

La relación entre Ética y comportamiento humano es un hecho que ha existido desde su nacimiento.

La Ética era considerada como esencialmente “normativa” donde los actos humanos se estudiaban como “debieran ser” y no “como son”.

Desvinculada del mundo de los “hechos”, navegaba en elucubraciones abstractas y que, en ocasiones, daba lugar a múltiples interpretaciones, no siempre sostenidas por todos a la hora de intentar tratar el comportamiento desde la óptica de “lo bueno” y “lo malo”, surgiendo así las principales teorías éticas elaboradas a nivel filosófico que partieron del Racionalismo y el Empirismo, explicando el carácter “ético” del hombre como una consecuencia de su limitación y de su contingencia, subrayando el hecho de que la “responsabilidad” y la “libertad” nos confieren un privilegio y una dignidad de los que no gozan los animales inferiores sometidos a la esclavitud del instinto.

A pesar de todo no han conseguido desterrar del campo de lo puramente emocional la sensación molesta y desagradable que nos causa el sabernos sometido a una reglamentación que experimentamos como “ajena”; y no sólo esto, sino que toda una pedagogía de castigos y represiones ha contribuido a hacernos creer que el campo de la Ética era fundamentalmente el campo de la ascética y del sacrificio y que el placer y la felicidad estaban reñidos con él un una relación distante.

En el transcurso del tiempo, la crisis del autoritarismo y la presión del individualismo moderno habían de influir necesariamente en el campo de la Ética.

Al tratar el individualismo desde el punto de vista teórico, nació bajo el peso de un importante prejuicio que Georges Gurvitch ha denunciado en su obra “La vocación actual de la Sociología”; la oposición entre el individuo y la sociedad.

Atendiendo a un nivel práctico y, si se quiere, personal, emotivo, estamos convencidos de que, la sociedad, ha heredado el papel dictatorial y legislador que anteriormente ostentaba la divinidad de las religiones tradicionales. La normativa ética, promulgada por Dios o la Sociedad, siempre era un elemento “extraño” que venía a constreñir “desde fuera” nuestros deseos e inclinaciones.

Ciertamente, que ni la religión ni el compromiso social, rectamente entendidos, pretendieron nunca defender esto, pero lo que estamos resaltando aquí es que los elementos “negativos” y “obligatorios” de la moral han prevalecido en la conciencia y en el sentimiento del hombre medio sobre los aspectos “positivos y autónomos”.

De esto podemos extraer que los nuevos planteamientos éticos, por el contrario, han subrayado, de una forma especial, el compromiso que tenemos contraído con “nosotros mismos” y la obligación ineludible de “realizarnos” en una labor “creadora y proyectiva”.

La ética no se refiere unidimensionalmente a la bondad o a la malicia de las acciones “en abstracto”, sino a la plenitud, constructividad, o destructividad y vacío de sentido realizador, de esas mismas acciones.

Volviendo a los orígenes, el término “ética” procede del griego “Ethos” y se utilizaba para designar un “lugar” o un “país habitado”, lo que parece, ante todo, “comportamiento ético” significó “comportamiento de acuerdo con las leyes propias de una comunidad”.

En la actualidad, la palabra “ética” en el contexto de la cultura griega, se ve “el lugar designado por el vocablo”, no algo “externo”, sino “el lugar que el hombre porta en sí mismo”.

Hay que tener en cuenta que la consideración interiorista de “lo ético” tiene un matiz marcadamente religioso procedente del dualismo cartesiano, característico de las religiones de los misterios.

Queramos o no, el hombre es, atendiendo a su constitución “un ser moral”, donde el ilustre biólogo británico C. H. Waddington en su obra genial “El Animal Ético” lo demuestra.

Un tigre, un lobo o un león no pueden hacer el bien ni el mal, mientras que el hombre pude ser malo porque “se hace a sí mismo” gracias a su cerebro y a sus manos. Sus genes no le confieren específicas creencias éticas, pero lo hacen apto para “dar carácter ético a su actividad”.

Tal como afirman diversos autores acreditados, que la terapia analítica ha subrayado, por su parte, hasta que punto y en orden a la “salud mental” necesitaba el hombre sentirse libre, saber que se halla en disposición de poder imprimir un sentido a sus actos y de contar con una viabilidad de renovación superadora.

La visión sociológica de la ética no puede reducir al hombre a una ceguera psíquica; aún cuando no sea ningún “genio moral”, es siempre responsable de su vida y no puede transferir esta responsabilidad a la sociedad. Por fuerte que sea la presión social, el hombre debe siempre rebelarse contra ella.

La ética es, por tanto, irreductible a la sociología y autónoma frente a ella, siendo evidente que toda la doctrina ética descansa en una concepción antropológica apelando al carácter científico de su método, merced al cual han analizado la situación natural, social o histórica del hombre. La ética no busca la independencia, sino únicamente la verdad, aunque tal como llegó a afirmar Morris R. Cohen “podemos definir la ciencia como un sistema autocorrectivo”, la ciencia invita a la duda, siendo necesario anotar que la duda y la corrección siempre están de acuerdo con los cánones del método científico y de tal manera ésta última es su nexo de continuidad, sin olvidar que la conciencia moral representa el elemento más profundo del psiquismo humano. Cualquier alteración a este nivel afecta extraordinariamente a la unidad y al equilibro de la persona.

Hay casos en los que puede darse una verdadera “anestesia moral” como ocurre en ciertos débiles mentales o que con más frecuencia encontramos en Psicopatología, resaltando Baruk el agudo sentimiento de dolor que acompañada al sentimiento de culpabilidad vinculado a la desesperación de no poder obrar ya de otro modo.

Este dolor moral ejerce una acción debilitadora sobre el organismo, disminuyendo el tono vital y trastornando el funcionamiento neurovegetativo; dolores de cabeza, tensión arterial, trastornos digestivos, infecciones, cáncer y otras patologías incluida la muerte.

Toda una serie de mecanismos de evasión del sentimiento de culpabilidad consciente o inconsciente obligan en muchas ocasiones al individuo a la adopción de posturas auténticamente psicopatológicas. Muchas reacciones de agresividad pueden explicarse como afirma Falret, como mecanismos según los cuales el individuo descarga sus culpas sobre los demás.

Debemos destacar que los principales conflictos morales afectan fundamentalmente a la “esfera afectiva”.

Las anomalías de la vida afectiva alcanzan a mayor número de cuadros nosológicos que de las enfermedades mentales, pues si bien los trastornos “mentales” se circunscriben a las psicosis y sólo indirectamente al modo de percibir los hechos en algunas neurosis, los trastornos d ela vida “afectiva” no solo se dan en anomalías de la conciencia moral, sino que se extienden también a las neurosis y aún a algunas psicosis.

De todos los estudios realizados por Terman, May y Hartshorne se pudo deducir  que los factores que ordinariamente acompañan a una buena inteligencia van unidos también a los buenos resultados en la conducta moral. La moralidad la adquiere el niño a fuerza de responder a situaciones que el medio ambiente le ofrece.

La conciencia moral de las personas mayores, suponen la culminación de una larga y dolorosa evolución, en la que buena parte de sujetos, liberados de sus compromisos e intereses creados que entorpecen el camino de la conciencia adulta, podrían llegar a un afinamiento de la misma y sentirse útiles y maestros de las nuevas generaciones, no en un sentido destructivo y obstaculizador, sino positivo y abierto a la esperanza.

En el momento actual de crisis generaliza, no parece ser así, donde en épocas pasadas se confería a la experiencia y a la formación-educación de las personas mayores, cierto grado de sabiduría para la buena marcha político social, prevaleciendo la honradez, se castigaba la mentira y se perseguía al ladrón con las máximas penas.

Estamos pues, ante una situación decadente de la que no es posible salir a menos que se produzca un giro copernicano, ante la osadía de pretender la cuadratura del círculo, al igual que pretender circular un turismo por una calzada llena de tachuelas.

La falta de “vergüenza y la idiotez” resultan ser un buen caldo de cultivo “para el engaño individual y colectivo” que se traduce en “pan para hoy” y “hambre para mañana” en la pretensión de podar los árboles “cortándoles las raíces”.

Como muy bien afirma Fromm “lo bueno es la afirmación de la vida, el despliegue de los poderes del hombre”. La virtud es la responsabilidad hacia la propia existencia. Lo “malo” constituye la mutilación de las fuerzas del hombre. El “vicio” es la irresponsabilidad hacia uno mismo.

Las costumbres pueden hacer aceptable cualquier cosa, donde la inclusión de un “error” social, político o individual, puede dar lugar al mayor de los desastres, tanto personales, sociales, de pareja, económicos y culturales, poniendo en peligro la existencia humana.

De todos es sabido que el éxito facilita el progreso y, el éxito, debe promocionarse y no mutilarlo, ya que el “fracaso” lo impide, donde muy acertadamente ya Aristóteles lo señalaba en la interpretación cognitiva del aprendizaje social “El animal político”, pudiendo hacer predicciones atendiendo a las leyes, la herencia, la maduración biológica y las experiencias propias de la vida.

De todo esto se desprende la urgente e inaplazable reforma educativa, donde recientemente las Reales Academias piden un pacto de Estado por la educación, criticando la desaparición de la asignatura de filosofía con la Lomce, donde el Presidente del Instituto de España Joaquin Poch Broto, señala como objetivo “formar a ciudadanos instruidos, responsables, competentes y con capacidad crítica”, coincidente con el autor de este escrito para poder salir de este laberinto frenopático que nos tiene amordazados.

Braulio García Zamorano

Doctor en Medicina y Académico Correspondiente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia

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